Reflexión recursiva

29 octubre, 2019 Deja un comentario

Un día más de trabajo, aparentemente otro día cualquiera sin relevancia trascendente. Como profesor, mi intención era fomentar el pensamiento creativo a través de la redacción de cuentos de ciencia ficción, cada alumno debía escribir un cuento corto de ciencia ficción. ¿Por qué este género? Por que se busca plantear un mundo posible, dando pie a una lógica capaz de explicar lo que sucede, sin que sea necesario que sea la misma lógica a la que estamos acostumbrados, al menos no del todo, se incluyen elementos científicos, se hace uso de la razón dejando de lado (pero no olvidando) la fantasía. A algunos les gustó la idea, otros lo vieron como un castigo, pero en general, lo tomaron como una forma para poderse expresar, algo diferente a los ejercicios matemáticos que tanto anhelaban.

Siempre he tratado de enseñar a través del ejemplo, así que yo también debía escribir un cuento. Ya muchas veces antes había escrito, pero no como parte de una tarea o compromiso; muchos coincidirán conmigo en que lo más difícil es empezar. No se me ocurría idea alguna sobre la cual yo pudiera escribir un cuento. Pero no lo pensé demasiado, y de pronto vino a mí, una de esas tantas ideas sobre las que uno divaga cuando está a punto de ir a dormir. Esto fue lo que escribí:

“Un día más de trabajo, aparentemente otro día cualquiera sin relevancia trascendente. Como profesor, mi intención era fomentar el pensamiento creativo…”

Estaba escribiendo sobre lo que estaba escribiendo. Al llegar a la parte de “Esto fue lo que escribí” volvía a empezar. Déjenme explicarlo de otra manera: en mi escrito, estoy narrando como un profesor que estaba escribiendo una narración de un profesor que estaba escribiendo una narración sobre un profesor que estaba escribiendo una narración sobre un profesor que estaba escribiendo una narración…

Ahora viene la reflexión: hay muchas corrientes de pensamiento que establecen que el destino está escrito, ¿y si no sólo es el destino el que está escrito? ¿Y si es toda la realidad?

Yo estaba escribiendo sobre mí mismo, por lo que es posible que haya un “yo” más allá de mi realidad escribiendo sobre el “yo” que está escribiendo esto, así como yo escribo sobre un “yo” de un mundo literario. Quizá la realidad que nosotros percibimos es para alguien más un simple texto sobre algo complejo. Pero no es un “alguien” cualquiera, somos nosotros mismos.

Entonces, sólo aquellos capaces de escribir verdaderamente sobre sí mismos, desarrollarían un autocontrol superior, un nivel de conciencia que permite conectar el “yo” que escribe con el “yo” que ya está escrito. El perder la capacidad de escribir también provocará la pérdida de la conexión; y no estoy hablando sobre portales interdimensionales que se abren o cierran escribiendo, sino más bien, de conexiones intradimensionales, ya que seguimos siendo nosotros mismos, no en otra línea temporal, no en otra situación, no en el “hubiera”, no otra versión de la realidad, no un “multiverso”, simplemente lo que somos, quiénes somos.

Yendo un poco más adentro, en esa historia que escribí, en cierto punto incluía a la misma historia, la cual a su vez se incluía a sí misma, y así sucesivamente. No se trata de un ciclo sinfín, ya que si fuera así, la historia terminaría y después volvería a empezar. Aquí se plantea un espiral infinito creciendo adimensionalmente. ¿Dónde inicia o dónde termina? No necesitamos saber eso.

Si usted lector, aun se pregunta: “y a todo esto, ¿dónde está el cuento de ciencia ficción?” Le responderé: vuelva a leer desde el principio, y le agrego la siguiente pregunta: ¿es usted capaz de escribir?

✍️

Categorías:Sin categoría

Aplauso cuántico

18 septiembre, 2019 1 comentario

Algo tan simple y común como matar un mosquito… Era una mañana calurosa y los moscos estaban alborotados por la próxima temporada de lluvias, ese zumbido molesto cerca de mi oído, como era de esperarse, mi reacción era dar un manotazo para ponerle fin a este pequeño insecto. En repetidas ocasiones, aun estando seguro de acertar, ese vampiro diminuto lograba escapar de entre mis palmas sin que yo me diera cuenta: ya saben, lo miras justo enfrente de ti, volando lentamente y siguiendo un patrón en su trayectoria de manera que sabes que vas a acertar; un aplauso corto pero firme, mantienes tus manos unidas durante un par de segundos, no lo viste salir volando, por lo que cuando separas tus manos esperas ver esa chispa de chocolate negro derretida. Así que separo mis manos, ¡y nada! Mis manos estaban vacías. ¡¿Dónde rayos estaba ese maldito mosco?! ¿Cómo logró escapar de mis manos que eran cientos de veces más grandes que él?

Pasaban unos segundos más y yo seguía mirando sorprendido y un poco molesto mis manos limpias, en ese momento lo veía volando tranquilamente a unos veinte o treinta centímetros de mí, como burlándose y haciéndose notar, queriendo que yo me percatara de que ahí estaba vivo e intacto. ¿Cuántas veces les habrá pasado lo mismo a ustedes? Seguramente más de una. Este hecho fue lo que me llevó a plantear mi hipótesis: el tamaño de mis manos y el peso de ellas es mucho mayor que el de un mosquito, el aplauso lo daba a una velocidad considerable por lo que la energía, la cual varía exponencialmente con dicha velocidad, también era enorme; y tanta energía envolviendo a un pequeño ser, algo debía estar pasando, cuando se dan esas relaciones entre energía, un punto específico en el espacio y velocidad, se estaba generando una anomalía: ¡una ruptura en el entramado cuántico, un portal casi microscópico por el cual es mosquito era capaz de transportarse a otra dimensión!

Sonaba increíble afirmar que había un portal interdimensional en la palma de mis manos, y ni siquiera del tamaño de éstas, tal vez de sólo un par de milímetros. Y aunque ese tamaño fuera suficiente para ser perceptible para el ojo humano, sólo aparecía entre mis manos justo al momento del impacto, por lo que nunca nos hubiéramos dado cuenta de que eso era posible. Decidí convertir mi hipótesis en una teoría, por lo que debía experimentar y poder replicar los resultados, demostrar que yo estaba en lo correcto y entender exactamente qué estaba pasando y por qué. ¿Qué otras variables era necesario considerar? ¿Se requería alguna condición en específico? Literalmente, puse mis manos a la obra…

Diez intentos y nada, el saldo había sido seis mosquitos muertos y cuatro que yo había logrado ver con claridad cómo escapaban entre mis dedos impulsados por el aire desplazado de mi aplauso. ¿Por qué ahora que intentaba demostrar algo que había ocurrido con demasiada frecuencia y no sólo a mí, ya no ocurría? ¿Será acaso que la ocurrencia de un fenómeno depende también de la conciencia que un observador tenga sobre éste? En otras palabras, por el hecho de estar viendo y esperando a que ocurra, entonces ya no pasaba. Esto me recordó cierto experimento hipotético muy famoso con un gato.

A pesar del fracaso obtenido hasta el momento, seguí durante unas horas con lo que ahora me había obsesionado, me convertí en un asesino serial, mis manos estaban rojas, mis ojos irritados, trataba de no parpadear, poco a poco perdía el enfoque de mi mirada. Mi vista estaba cansada, por lo que era momento (y ya me había tardado) de hacer uso de la tecnología: una cámara de video de alta velocidad… y por supuesto, también tenía mi pluma en mi bolsillo y una libreta para hacer anotaciones. Preparé todo para que milisegundo a milisegundo quedara registrado; la temperatura era adecuada, es decir, hacía mucho calor, estaba ya empapado en sudor, un foco incandescente justo arriba de mi, ninguna otra fuente de luz, no recuerdo qué hora era, sólo sé que ya era muy tarde. Sólo hacía falta esperar por el objeto de estudio.

Pasaron casi cuarenta minutos hasta que por fin, mi primera víctima apareció, yo no quería dañarlo, sólo quería ofrecerle un viaje redondo a otra dimensión. Observo detalladamente sus movimientos para poder predecir su trayectoria, empieza a volar cerca de mi mano, mantengo una respiración tranquila, pero mis manos están tensas, máxima concentración, trato de no moverme, fijo mi mirada, solo esperando el momento oportuno, listo para iniciar un movimiento acelerado. Escucho claramente su zumbido, está muy cerca, cada vez más cerca, hasta pareciera que empieza a volar en cámara lenta, estoy dispuesto a usar toda mi energía, tengo que ser preciso, ya es hora. Agrego un poco más de tensión en mis manos y ¡CLAP!… Un tiro limpio, pero para mi mala fortuna, en ese preciso instante y en forma sincronizada con mi aplauso, se había fundido el foco.

No podía ver, ya que ese foco era la única fuente de luz cercana. ¡Si tan sólo hubiera configurado la cámara para modo infrarrojo! Todo estaba completamente oscuro, froté mis manos para sentir si había rastros del mosco, al parecer no estaba. Me dispuse a salir de la habitación para prender otro foco, así que estiré mi mano para recargarme en la pared ya que aun no podía ver nada… ¡Qué raro! No recuerdo haber estado tan lejos de la pared, al estirar mi brazo no la pude tocar; caminé unos pasos para acercarme más y aún no la alcanzaba, quise palpar cualquier objeto a mi alrededor, pero, ¡no había nada a mi alrededor! Ya no estaba yo en el mismo lugar, sólo estaba el piso y yo… ¿me habré desmayado? No lo creo, así no es como se siente. Unos segundos después, el ambiente se empezó a aclarar un poco, pero seguía muy oscuro, de un tono grisáceo, y efectivamente, no había nada alrededor, era una zona desierta, otra dimensión o algo intermedio. Se escuchaba un ligero zumbido, pero no uno agudo como el de los mosquitos, más bien de como cuando el viento sopla y pasa a través de una ventana mal cerrada. Me di cuenta de que por alguna extraña razón, me había esfumado a un espacio desconocido y desolado, había sido víctima de mi propio experimento.

Me mantuve cerca del lugar inicial, ya que no tenía ninguna referencia para ubicarme. Noté que estaba descalzo, el piso se sentía raro, como inestable, con una vibración que apenas se percibía. De pronto, escuché una fuerte, lejana y breve explosión, quizá como un tambor. Unos instantes después, otra explosión, pero no tan lejana como la primera; después otra, y otra más, no tenían algún patrón reconocible, simplemente se escuchaban de forma aleatoria, algunas más lejos y otras más cerca. Me mantuve muy atento para tratar de ver de dónde provenían esos estruendosos sonidos, hasta que logré ver algo no muy lejos de mí, a unos metros solamente: era una pequeña ruptura en este escenario gris, una ventana que rápidamente se abría y se cerraba, primero aquí, después por allá. Eran portales abriéndose y cerrándose en diferentes lugares, ¿serían mi boleto de regreso a casa? O mejor aún, ¿la prueba que confirmaría la teoría maldita que me trajo hasta aquí?… Pero, ¿cuál había sido el precio de demostrar que yo tenía razón?… Si el hecho ocurre o no, ¡¿qué importa de quién sea la razón?! Probablemente un fenómeno natural, tal vez una conspiración del universo o alguna otra entidad, la prioridad por el momento era sobrevivir y volver a donde yo pertenecía.

Uno de esos pequeños portales se abrió justo frente a mi rostro, escuchándose su respectiva explosión, vi claramente como un mosquito entraba como si lo hubieran aventado a la fuerza, seguía su vuelo para después entrar al que supongo era su portal de regreso. Esas rupturas eran demasiado pequeñas, de no más de uno o dos centímetros, jamás iba a poder pasar por ahí y regresar, no de esa manera. Desde luego que también intenté de nuevo con el aplauso, una y otra vez, pero sin resultados favorables. Las horas pasaban, traté de resolverlo con lógica, sin lógica, aplicando el instinto de supervivencia, pero al final, decidí aceptarlo y darme por vencido. Aquí me quedaría de manera indefinida, es un lugar tranquilo después de todo; demasiada tranquilidad, a excepción de aquellos destellos espontáneos… fue en ese momento que recordé la pluma y la libreta que traía conmigo, y para mantener mi mente ocupada, es por eso que realizo este escrito, para que quede un registro de lo que fui testigo, para plasmar esta breve e insólita historia. Así que si usted está leyendo esto, me alegra saber que no soy el único aquí, ¿recuerda cuándo fue la última vez que un mosquito se desvaneció entre sus manos? ¿O la última vez que las luces se apagaron? Quizá algún otro hecho simple y aparentemente insignificante pudiera desencadenar una reacción transportándolo a usted y a lo que le rodea a este mundo, que en un principio era gris y solitario. Ahora, por una razón desconocida, estamos en esta otra dimensión. Bienvenido al otro lado.

🦟

– J. H. J. A.

 

Categorías:Sin categoría

Cuento de un lobo

9 febrero, 2018 Deja un comentario

Era una tarde tranquila de octubre, faltaba poco para el anochecer, el viento soplaba levemente pero sin agitar demasiado las hojas de los árboles. Yo me encontraba resguardado en mi fortaleza, reposando después de varios días de jornada en búsqueda del alimento. Por la zona había avistado diversas especies visitantes, generalmente animales domésticos, alguna que otra ave de rapiña, y sin olvidar aquellos marsupiales que hacía un mes habían estado saqueando por las noches los restos abandonados en la vivienda al fondo de la comunidad.

Escuché el ladrido de un perro vecino, el cual ignoré, ya que frecuentemente este cánido se alborotaba ante el pasear de los gatos por la calle y el caminar de las personas cerca de su reja. Este ladrido cesó luego de un breve momento.

Continué con mis actividades dentro de la fortaleza cuando decidí asomarme por la ventana para asegurarme que en los alrededores todo transcurriera con normalidad, algo llamó mi atención en la casa del fondo, aquella que había estado deshabitada desde la repentina desaparición de sus habitantes un lunes por la noche, había una criatura tratando de resguardarse junto a la pared, su respiración era agitada, tenía una mirada de preocupación y miedo, temblaba y parecía tener dificultades para moverse, quizá tenía una lesión. Considerando su especie, este visitante parecía de edad avanzada, lejos de estar en buenas condiciones, y mientras yo lo observaba se dio cuenta de mi presencia, que aunque intenté transmitirle mi calma, se asustó y con dificultad se levantó para ocultarse en la parte posterior de la casa abandonada.

Como su apariencia denotaba haber estado falto de alimento, compartí mi comida arrojándole un poco cerca de donde se había escondido y también dejé un recipiente con agua para que se rehidratara. Tal vez una o dos horas más tarde, su hambre venció a su miedo y salió para comer. Ya un poco más tranquilo se volvió a recostar para seguir descansando. Nuevamente le dejé comida, pero en esta segunda ocasión permití que me viera. Se volvió a ocultar para descansar y permaneció ahí toda la noche.

A la mañana siguiente, salí para ver si aun seguía ahí, al parecer se había marchado. Continué con mis actividades de manera cotidiana, yendo a mi centro de trabajo como parte de la rutina. A mediodía, para la hora de la comida, regresé y ahí estaba, parecía un poco más despierto y ya no demostraba el temor del día anterior; nuevamente le ofrecí alimento, el cual agradeció con una sonrisa (o eso creí apreciar). Permaneció toda la tarde, con algunas salidas eventuales y momentáneas, supongo que para realizar sus necesidades fuera del área que ahora había adoptado como hogar temporal.

Cuando lo pude analizar de cerca, me di cuenta de su condición, para nada saludable, estaba lleno de pequeñas sabandijas que succionaban su sangre y representaban una fuente crítica de infecciones. Pensé en localizar a un especialista y pagarle por la curación, pero al parecer lo pensé demasiado, ya que un par de días después, este visitante y ahora amigo, llegó en un mejor estado, con escasa presencia de estos insectos y una apariencia más limpia. Nunca supe qué ocurrió, probablemente alguien más tuvo la misma idea que yo y se me adelantó.

Una noche, comenzó a ladrar fuertemente, de manera muy insistente, me asomé para ver a qué le ladraba pero al parecer aquello ya se había ido, aun así seguía ladrando en una dirección específica, cuando me vio, me miró directamente a los ojos, dejando de ladrar y posteriormente volteando hacia donde dirigía su ladrido, como queriendo que yo también volteara en esa dirección, como indicándome que había algo que no debía estar ahí. Salí pretendiendo ver con detalle lo que su atención captaba en ese momento, pero jamás lo pude identificar. Creo que en verdad cumplió su objetivo, ahuyentar a ese otro intruso, vigilando y protegiendo el lugar que ahora había adoptado como su hogar. Lamentablemente, no todos los habitantes del lugar apreciaron su apoyo y protección, no fue del todo bien recibido, y habiendo realizado ese acto de protección, esa noche tuvo que retirarse.

Al día siguiente, nuevamente estaba ahí, ahora me reconocía y hasta creo que sonreía, le devolví el saludo y demostré agradecimiento a través del alimento. Esa tarde se mantuvo cerca, y por la noche buscaba un refugio cercano. Establecimos un acuerdo implícito el cual estoy seguro que en muchas otras historias se ha repetido y seguirá repitiéndose.

Transcurrieron los días, y por las tardes él regresaba, me seguía acompañando y yo a él. Una gran diferencia respecto a su condición inicial. Se veía feliz y en calma. Un breve recuerdo que en sentido figurado dejó una huella, al momento han pasado casi dieciséis meses desde aquella tarde, cuando todo tembloroso apareció. Desde un inicio supe que ese capítulo era sólo eso, una pequeña parte de su recorrido, que en cualquier momento seguiría su camino en búsqueda de otro capítulo más. Quizá había transcurrido una semana cuando por fin llegó ese momento; no recuerdo exactamente qué aventuras compartimos en su última visita, qué actividades me acompañó a realizar en esa ocasión, la que sería su despedida, cuando él ya se encontraba bien. Nunca más lo volví a ver.

– J. H. J. A.

Categorías:Sin categoría

Un viaje a las 2 am

3 septiembre, 2016 1 comentario

Estaba yo acostado, pasaba de la medianoche y hacía unos momentos que ya me había dormido. La oscuridad me tranquilizaba y el sonido del ventilador mantenía mi cerebro en calma.

De pronto me levanté, con la intención de bajar a la cocina a tomar un poco de agua; seguía oscuro pero las luces del exterior iluminaban lo suficiente para permitirme ver las escaleras. Estando ya en la cocina, no recuerdo haber tomado ese vaso con agua, todo parecía normal, una madrugada de jueves, un yo medio adormilado que había olvidado tener sed. Volteé a los lados y decidí regresar a dormir, cuando pretendía subir las escaleras tuve una sensación de consciencia, un sueño lúcido, me empecé a sentir más ligero cada vez, inhalé profundamente y comencé a subir, pero no por las escaleras, no caminando. El piso se empezó a alejar de mí, o yo de él: comencé a flotar cada vez más arriba, el techo no fue un obstáculo, lo material dejó de impedir mi paso. Me seguí alejando pero de manera controlada, yo decidía seguir subiendo, aumentando la velocidad hasta que arriba dejó de ser arriba, ya no había una referencia fija, veía cómo me alejaba de este lugar llamado Tierra. Continuaba alejándome de ese hogar, pero ahora mirando hacia a dónde avanzaba, cada vez más rápido, permitiéndome ver más, admirar más, aprender más. Sí, me alejaba de un lugar, pero me acercaba a otro. Fue un recorrido extraordinario, veía como se alejaban de mí los planetas, pasando lo que creo era el sistema solar, después de eso, un breve vacío oscuro.

Seguía avanzando y más estrellas comenzaron a formar parte del paisaje en mi recorrido, eran otros sistemas planetarios, seguía aumentando la velocidad hasta empezar a atravesar lo que en ese momento consideré que eran otros universos. De manera fugaz observé otro planeta igual a la Tierra, creí que había regresado, pero no era así. Vi otros cuatro más en otros universos; el segundo de ellos, en una escala lineal, era casi del doble de tamaño que la Tierra que yo conocía. Alejándome de esos universos comencé a ver un patrón conocido e incluso mencionado en muchas teorías, todos esos cuerpos celestes parecían formar arreglos atómicos para después parecer conjuntos de moléculas; avanzaba demasiado rápido y las estructuras tenían su propio orden pero sin formar algo específico o aparentar tener un fin. Un momento después, seguía avanzando y alejándome del punto de origen, nuevamente pude apreciar algo muy conocido, todas esas estructuras complejas eran parte de un ente mucho mayor, era algo semejante a un humano, al cual pude ver mientras seguía avanzando a una velocidad difícilmente imaginable. Esa entidad no era la única de su especie, había muchos más formando una comunidad, la cual al seguir avanzando pude también observar, nuevamente parecía haber una referencia para poder decir que estaba elevándome. Subí lo suficiente para poder ver que esa comunidad estaba en un lugar dentro de una de varias formaciones muy parecidas a lo que llamamos continentes. Llegando a ese punto, lo vi con mucha claridad: ahí no terminaba todo, o tal vez sí; me sentía bien, me sentía liberado (no sé de qué). En ese momento dejé de avanzar, para regresar hasta el principio en un instante, mucho más rápido que cuando avancé.

Al regresar, no me encontraba en el lugar de partida, sino en el lugar donde viví durante casi dieciocho años, esa casa que frecuentemente me llama en mis sueños, y no sólo a mí. Ahí estaba mi hermano, a quien en ese momento le conté de ese viaje que recién había realizado, mencionándole incluso una comparación de lo que aparentaba el último lugar que identifiqué. Al terminar mi historia, sentí que seguía regresando, esta vez, ahora sí, al lugar de donde partí al comenzar mi historia, por fin desperté. Y desperté con un claro recuerdo de cada detalle de ese extraño sueño, un sueño que ahora aquí he escrito.

Categorías:Sin categoría

Veintiseis

27 octubre, 2015 Deja un comentario

Veintiseis eran los días transcurridos del mes cuando por fin el sapo y la sapa habían visto el reflejo de la luna brillar sobre un charco de agua de lluvia, quizá afuera del jardín de mi casa, junto al macetero invisible.

Tres ciclos para completar la tercera década, como ya lo había mencionado, el último de los cinco. Nunca había pensado en ese sistema de subdivisiones duodecimales para una celebración, pero fue la excusa perfecta e innecesaria, ya que desde hace cincuenta años todo estaba escrito en la pared de aquel jardín de niños, donde eran sembrados para tres quintos de lustro después ser cosechados y arrojados a la siguiente etapa de espera.

Ese día comenzaría de manera ordinaria; veintiseis, el doble del número de mi asiento de autobús en esos viajes de negocios, esos viajes en que las melodías armónicas apropiadas resonaban en mi cráneo, en aquellos asientos disfuncionales cuyo respaldo tendía a la posición horizontal involuntariamente. Dadas las dieciocho horas de aquella tarde, el sapo saltó de la maceta para brincar hacia el jardín en que hacía dieciseis años subía por las ramas de los árboles, en busca de frutos para comer y escondites para descubrir, ese jardín donde el arte estaba presente en cada piedra, donde alguna vez vi a Annie que estaba por no reconocerme. No lo había comentado, pero los arándanos habían sido su primer señal de sincronía complementaria. Parecía una proyección de largometraje animado, una historia cómica que acompañaba a las trece y catorce pequeñas rocas que separaban a cada ente. Trece, la mitad del valor numérico de veintiseis, agregándole uno sería catorce. Esferas de lodo confitado caían por la división entre las piedras, pero las fronteras siempre conservaron sus definiciones.

Saboreando gusanos y moscas, terminando el tímido ritual de alimentación, analizando las probabilidades, calculando las relaciones entre las variables de esos sucesos pseudoaleatorios no unicontrolados, aparentando tomar un riesgo, pero sabiendo con certeza la no ocurrencia del evento no deseado, el universo dejó de moverse, pero al mismo tiempo aceleró su paso dos punto cinco trillones de veces hasta llegar a un punto cíclico donde las referencias estáticas pasaron a ser triviales. Una conexión de alta velocidad se estableció para formar un sistema concurrente de procesamiento inalámbrico neuronal lúcido, saltando la barrera hardware y software predeterminada. Ocho horas humanas delimitaban esa pausa espacio-temporal no aislada.

Al transcurrir los ciclos rotacionales terrestres el sapo comenzó a cambiar de color, pero adaptándose al ambiente donde creía haber estado pero era totalmente diferente, había ahora un lugar dónde estar y un motivo para el cual quedarse. Pocos días transcurridos, muchas aventuras interpretadas, muchas historias generadas, bloques de procesamiento en cascada, lenguajes de alto y bajo nivel, de los que solo 10 personas comprenden, subprocesos que forman parte de núcleos reconfigurables como potenciadores de efecto, pero no serán descritos en este espacio.

El efecto suena nuevamente, motivación para escribir, el reino se levanta y todos desaparecen, aun hay mucho más, el sueño se vuelve realidad cuando la realidad forma parte de ese sueño cuyos soñadores comparten. Las respuestas dependerán de las preguntas, en los escritos estaba la evidencia de la admiración, un registro completo de las frases utilizadas que respaldaban el pensamiento. El tiempo ya no fue la unidad de medida estandarizada para usarse como referencia en los protocolos.

Casi es hora de apagar, el cambio estacional desbalancea el inicio del letargo y la generación de visiones, colores y formas espontáneas. Un segundo veintiseis en la historia, la sapa plasmada en un registro pictográfico, sonríe y te sigue a donde vayas. Otro ciclo lunar completado, fase llena culmina el paso del primer conjunto tetrasemanal de anécdotas. Chispas de chocolate en la cena, hielo y miel en el desayuno. Queso al mediodía y un semicírculo dentro de una caja de cartón, un casi efectuado resbalón animó la espera, la cual seguirá valiendo la pena.

Aplicando mi filosofía, este camino lleva un buen rumbo, el sueño me impide fijar la vista y aplicar coherencia en las sentencias, el respirar bajo el agua ofrece un diminuto impulso adicional, tomando en cuenta de que este texto no debe ser interpretado, solo leído y disfrutado o ignorado. La historia continúa mientras los protagonistas de nuestra historia sigan representando su papel, esforzándose por dar lo mejor sin sobresalir o llamar la atención. La doble visión impide que las palabras sigan siendo escritas, el sapo duerme en su maceta, y la sapa sobre su flor, una flor de papel enrollado, dobleces marcan su forma y fortalecen su estructura y resistencia.

Último párrafo de los veintiseis, una nueva residencia, siendo ésta otro cuento por contar. No hay colores tampoco en esta ocasión, ya que éstos fueron vistos escapándose el día de ayer o un poco antes. Osos de goma decapitados para alimentar a los gigantes, el sabor a vainilla era disfrutado en forma de postre. Los acordes de un instinto animal atrapan su atención, no siendo la única forma. El reloj de pared rompió su cristal, un letrero removido y dibujos son coleccionados. Un espacio en blanco a la espera de una idea que será plasmada sobre éste. La dedicatoria y frase final será omitida sin significar esto su ausencia o carencia.

Veintiseis, el día de mi nacimiento, y el de muchas personas más, es un número ordinario más. Es hora de dormir, o tal vez estoy dormido ya.

Categorías:Sin categoría

12Sp29

12 septiembre, 2015 1 comentario

Esta semana me he dado cuenta de que es muy tranquilizante comer una naranja mientras veo la pared, escuchando a Placebo a medianoche, momentos en que el tiempo dejaba de importar, los colores y las formas comenzaban a emerger. Experiencia fructífera, tenía que acabarme esas naranjas antes de que se echaran a perder (todavía faltaba mucho).

En días anteriores pude evitar ser víctima del ritual a través de las 500 cartas cuya melodía me transportó a una tierra no tan lejana, pero que es parte de mi refugio de una posible realidad. Nuevamente, iba solo, pero no era el único; fue agradable recordar lo que había pasado aproximadamente una década atrás, historias de las que nunca me cansaré de escuchar y repetir, personas que quisiera volver a ver… tal vez, en unos tres meses, cuando yo, el último de los cinco, llegue al tercero.

Las expresiones pictóricas aun buscan su inspiración, en este momento únicamente unas iniciales adornan el lienzo blanco en la pared; hubo un día en que pude ver lo que completaría el mural, pero esa visión sólo duró unos segundos… esperaré.

Hace casi siete años que no me hacían este tipo de preguntas: “Maestro, ¿por qué siempre está feliz?”. Una de las tres mil respuestas es que siempre hay al menos un motivo para estarlo, aunque parezca haber más motivos para no estarlo, ninguno superará el efecto positivo de una situación, una sonrisa, una persona, un color, un sonido, un momento, un logro, un lugar, un problema resuelto, un moretón, un dedo torcido, una quemadura, una fritura, un crayón que no sé dónde dejé, dos botellones de agua, y una divagación sin sentido aparente. Será interesante platicarlo con los ancestros, en el lugar donde ellos se reunen, al pie de la montaña, o en la cima de ésta.

Los vecinos cambiaron el género musical preferido, factor que me llevó a la utilización de auriculares para visitar un momento ese refugio, acompañado de la armonía de las ondas electroacústicas ecualizadas sincrónicamente al contenido lírico profundo, generando casi sesenta minutos de escritura libre, catorce días de conocer a una nueva tribu, hay gente más allá del bosque, gente algo más que interesante. Momento de escuchar a las cucarachas, su filosofía anterior que proporcionaba motivación suficiente para diferentes estados.

Buscando una excusa para desaparecer no literalmente, retomando aquellos impulsos de plan no planeado, de agenda no trivial, de rutina temporalmente ignorada, probablemente me encontrará primero. Y hasta aquí la otra búsqueda por hojas para la impresora, casi es hora de apagarme, utilizaré recursos reciclados para dar oportunidad de reflejar un mejor desempeño. No veo la luna y no quiero salir, afuera todavía se escucha la cacofonía de un género sin contenido trascendental. Finalizaré escuchando el mismo efecto con el que empecé.

“Reach inside, watch me grow. See me rise…” – B. M.

Categorías:Sin categoría

7-6-5 (7Jn2015)

7 junio, 2015 Deja un comentario

Dos ciclos lunares han concluído aquí. ¡Maldito hemisferio! Una semana “adiestrando” mis acciones cotidianas, una rutina matutina se convirtió en un deporte extremo; pero mientras escucho a las flores en la pared, ambas mitades vuelven a la normalidad poco a poco, me falta el aire… iré por el ventilador… he regresado. Mi pulgar que mira al cielo, ya no mira al cielo, espero que en dos semanas o menos pueda volver a hacerlo, para seguir siempre luchando y siempre aprendiendo.

La entrada obstruida no fue un obstáculo, al menos el volumen no era excesivo; mente despejada, aunque podría estar más relajado, hoy o ayer hizo falta algo para impulsar la liberación de ideas. Ese panel blanco en la pared me ha permitido expresar gráficamente algunas de las formaciones lógicas pseudo-ordenadas mentales, dejándome plasmar lo que en sincronía con la música la mente es capaz de generar cuando la dejas volar (después incluiré un registro pictográfico correspondiente).

Ya me hacía falta un reto mental, que bien se siente cuando te demuestran que tu trabajo de varios meses es un simple juego de niños, algo demasiado básico, que va por buen camino pero todavía puede mejorar mucho. Espero no alejarme de esa realidad, nunca olvidar ese mundo surreal ni a las personas que en él habitaron acompañándome; recuerdos de una época en la que el tiempo dejó de transcurrir mientras el resto del mundo envejeció.

Hora de dormir, tres cuartos de luna, una batería agotada y la otra a la mitad de su capacidad, una cámara de seguridad sin construir, faltan hojas sobre la impresora, soporte articular tirado después de haber sido usado casi todo el día, dos botellones de agua llenados, ocho naranjas agrias y de nuevo no competiré este año, misma información a las manos con reacciones diferentes, tres idiomas componen las melodías escuchadas, más de dos horas escribiendo y los vecinos han desaparecido, asesorando sobre números, un frasco amarillo lleno de monedas, aun hay espacio en el pizarrón blanco, distintas opciones de transporte, nuevamente un plan de escape que nunca se realizará, doble sombra producida por una ventana, un coro repetitivo y revelador, un roedor con una sierra presente, sin colores por remarcar en esta ocasión, quizá en la próxima.

Categorías:Sin categoría

Una tribu perdida

26 octubre, 2014 Deja un comentario

Hace aproximadamente tres lustros existió en la zona céntrica del puerto, una cultura desconocida, anécdotas que pasarían a la historia sin ser jamás contadas. Llegó a ser triste y desalentador pensar que ahora sería yo el único que los recordara; por esta razón, plasmo de manera virtual una breve remembranza…

Una tribu unida, para ellos no existía la tecnología ni era necesaria. Una vida simple, sin complicaciones, reglas sencillas y un orden justo. Un suelo de roca y tierra para trabajar, conocían el fuego y sabían utilizarlo, sus viviendas estaban formadas por grandes piedras de poco más de 15 cm de alto y 2 ó 3 cm de espesor, características que les brindaban una fortaleza segura. Tenían una postura firme y siempre se saludaban. Se comunicaban con los animales y tenían conversaciones bajo el agua.  Poseían las herramientas y armas necesarias para sobrevivir, se alimentaban de la cacería y algunas veces del canibalismo, pero solo cuando era necesario.

Sus víctimas eran únicamente aquellos que quebrantaban la ley de su comunidad, los enemigos de la familia, quienes no procuraban la paz. Realizaban un sagrado ritual en el que entonaban su melodía característica, mientras danzaban alrededor de la fogata delimitada por rocas pequeñas. El ajusticiado clamaba por su piel, la cual era desprendida mientras aun observaba y podía percatarse de ello, y sobre todo, mientras aún podía sentir. Los sentenciados a ser sacrificados trataban de escapar, mientras exclamaban al unísono “¡nos están quitando la piel!”. Al final solo quedaba un remanente humanoide, con una consistencia suave y moldeable, era literalmente una plastilina rosa.

Cuando no consumían restos de lo que había sido un ente animado, sus paladares degustaban el producto del trigo naturalmente procesado, tras un prolongado contacto directo con el fuego.

En ocasiones, sus actividades se llevaban a cabo hasta poco antes de la medianoche, a pesar de la corta edad de aquellos dos quienes dirigían la comunidad. Casi a diario vivían una nueva aventura, tratando de coexistir en un mundo dominado por gigantes sin creatividad, principios ni propósitos.

Al paso de los años, su existencia se fue poco a poco desvaneciendo. Su recuerdo había quedado entre las piedras donde vivían, lugar ahora deshabitado, y espero, nunca olvidado. Estra tribu estaba formada por una serie de personajes sin rango ni discriminación, una serie de individuos que protagonizaron largas tardes de convivencia y amistad; la imaginación dictaba su camino y el único límite era el mundo real, un mundo relativo condenado por las perspectivas de quienes lo habitan. Esta tribu estaba formada por aquellos que, al igual que sus melodías entonadas, se hacían llamar los “Bambambú“.

 

Bambambú

 

 

– Recuerdo de mi infancia.

 

 

 

Categorías:Sin categoría

Una de la mañana

21 junio, 2014 1 comentario

Olvidé la última fecha, tal vez más de un año. ¿Por dónde empezar?… Por la inspiración y las ideas. Dejé de realizar algo, me estoy estancando, me bajé de esa ola y comencé por la siguiente. Terminando el primer ciclo, la primera impresión cambio, lo volvimos a hacer: marcar una diferencia y sobresalir pasando desapercibido.

Haciendo honor a mi segundo nombre, ascendí en aquella escala, peleada por muchos y alcanzada también por muchos. Un nuevo reto representó, volver a aprender todo lo que no sabía y así transmitirlo. Un nuevo ciclo comenzó y un recuerdo volvió; un viaje a aquel lugar imaginario en el cual había estado antes. Lo pensé seriamente cuando la ví, la música se escuchó, Octubre se acercaba, pero el segundo o tercero me dijo que lo mejor era dejar una puerta abierta. Fue un largo camino de regreso, la  misma melodía me acompañaba, pero mi mente suponía una conspiración. Durante varias semanas permaneció y no lo pude ocultar (tampoco quise ocultarlo).

Esa tormenta fue calmada en las montañas azules, donde los ancestros definen el curso del universo, donde los dioses se reunen, donde el fuego arde y las historias son contadas. Buenos amigos y hermanos habitan ahí.

Desde que recuerdo, he tratado de hacer lo correcto, lamentablemente a veces eso no es suficiente ni conveniente para algunos con poder. ¿Qué es mejor, admitir equivocarse u ocultar el error? Intenté lo primero, pero cuando quien acusa es quien juzga y quien impone sanción, el rock sufre y baja su volumen, cuando “todos” sabemos que no solo debe ser escuchado, sino sentido, interpretado, asimilado y disfrutado. Pero cambiaré de tema para no ofender a aquellos que…. no sé, hace una hora tenía sueño y ahora quiero divagar en el mundo de la realidad alterna distorsionada.

Pude ver en la oscuridad, lo ruidoso de sus colores; otro viaje espontáneo, placentero, fuera de la rutina. Solo fueron unas horas, pero me permitieron respirar y creer en el poder del átomo y la nube. Quise platicar con una cucaracha, pero decidí posponerlo y conocí a dos hermanos. Han pasado catorce años y cuarenta y seis sobrinas, me dijeron que nuestro objetivo era motivar y fue lo que hice.

Se acerca otro momento de desaparecer para construir una nueva fortaleza, tal vez la edificación que será mi castillo en un futuro reinado sin habitantes y con algunos ratones, sombras y sonrisas. Las orejas que estallan y los vegetales rellenos de sangre dejaron de ser una molestía al dormir, por el momento. El sonido me acompaña en esos viajes cortos donde a veces quisiera que el semáforo me indicara seguir de frente y no hacia la izquierda.

Describiendo mi situación actual: en una esquina, primero pies en la pared y ahora no, la luz es casi ausente, la luna no se dejó ver, ella no me ha visitado aún, el reflejo de la pantalla ilumina mi rosotro, todo guardado en el suelo, perdí o rompí una agujeta, azul es el plano sobre el cual estoy apoyado, un tigre en el otro extremo, batería al cincuenta por ciento, no quiero dormir, no sé donde está mi crayón rojo, escuchando a una víctima del ritual, organizando mi plan para conquistar el universo, plan que será ignorado por mí mismo para diseñar uno nuevo…

“I’ve got too many friends, too many people that i’ll never meet and now never be there for” – B. M.

Categorías:Sin categoría

Mandy

23 octubre, 2013 Deja un comentario

Ella me acompaña mientras escribo, mira cuidadosamente lo que hago, pero se toma su tiempo para voltear a su alrededor. Se prepara para descansar, ha estado aquí varios días y no le gusta la soledad; requiere y pide atención, enseguida lo reconoce y agradece. Me ha acompañado en muchas otras ocasiones, me ha recibido después de largos viajes. Muchos de mis amigos la han conocido, pocos han hablado con ella… Ahora me da la espalda, pero me sigue escuchando y sabe que hablo/escribo sobre ella. Usa una almohada y no le gusta dormir en el piso. Ella me ha mordido, y yo a ella también.

 

Platica conmigo y yo con ella. Tiene un motor y lo enciende cuando está bien, ahora lo está. Reclama lo que alega merecer, y se queja si no lo recibe. Me entretengo y me distraigo; a veces me cuida, y otras me pide que la cuide. Hay mucho más por escribir, pero desde aquí no veo la luna, solo medio espejo y un empaque metálico, una caja vacía y esta fotografía. Una esfera plateada a mi derecha y dos teclados a mi izquierda. Veo el sonido arriba de mí. Mi título ha llegado y el efecto placebo está presente, planeando dos viajes estoy. Cada botella está a la mitad, la cartera casi vacía y pronto habrá que recargar. Ella se sigue preparando para dormir, por poco me desvío del tema, un ratón sonrie mientras yo termino este párrafo, y ya no sé como concluirlo, así que… aquí está ella:

Mandy

 

^._.^

 

Categorías:Sin categoría